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domingo, 7 de junio de 2015

Tengo que bailar, me lo ha dicho Murakami

Aunque sería una pérdida de tiempo negar que me gusta la cultura japonesa, sí que es cierto que no me apasiona especialmente, no al menos hasta el punto de poder considerárseme un friki u otaku. De hecho, sólo hay dos autores nipones cuyas obras haya seguido con interés: Hideo Kojima y Haruki Murakami. Si lo pienso detenidamente, creo que he leído más libros de este señor que obras Manga. Incluyendo Anime, tal vez perdería Murakami por poca diferencia, y eso que tampoco es que haya leído toda su bibliografía precisamente.

Murakami es un novelista curioso. Sus obras, aparte de ser excelentes para ampliar tu cultura musical o aprender sobre gastronomía nipona, suelen moverse entre el realismo con toques autobiográficos (Tokyo blues, Al sur de la frontera, al oeste del sol) y los sucesos paranormales a la japonesa (Kafka en la orilla). En el término medio entre ambos extremos se encuentran las dos últimas novelas que leí: ¡Baila, baila, baila! y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. En ambas, el protagonista se ve arrastrado a una serie de sucesos extraños, siendo su única opción dejarse llevar por la corriente del destino, atentos a las señales que éste les ofrece para pasar a la acción o tomar determinadas decisiones.

Mi intención en esta entrada es la de centrarme en el enfoque que se le da al acto de dejarse llevar por los acontecimientos en ¡Baila, baila, baila! El protagonista es un redactor freelance que, tras un tiempo soñando de forma recurrente con un hotel de mala muerte en el que se alojó años atrás con una scort, decide volver a éste, convencido de que el sueño trata de decirle algo. Una vez hospedado en el que ahora es un hotel de lujo, se encuentra con un personaje que supone un punto de inflexión en la historia. Este personaje advierte al protagonista que seguirá perdiendo cosas en su vida, y cuando éste le pregunta preocupado qué debe hacer, le da el siguiente consejo: <<Baila. Pase lo que pase no dejes de bailar. Baila de forma que tus pasos deslumbren a quiénes los vean>>.

A decir verdad, estas palabras me vinieron como agua de mayo. Baila. No es para nada un mal consejo. Resulta ser un mensaje de lo más vitalista y que no queda empañado por el aire fatalista de la novela, en la que los hechos clave suceden por "casualidad". Aunque las cosas acaben pasando cuando la trama está a punto de estancarse por necesidad, no ocurrirían jamás si el personaje no estuviera en movimiento contínuamente. El devenir de sus acontecimientos sigue su curso gracias al baile del protagonista, y ahí radica la fuerza de este mensaje. A lo largo de la vida perdemos cosas y, a veces, también nos perdemos nosotros. Sin embargo, ésta sigue, y si nos estancamos corremos el riesgo de perder muchas más cosas de las que hemos perdido ya. Por el contrario, si nos esforzamos en mantenernos en movimiento, en tener un rol activo, la vida puede obsequiarnos con nuevas oportunidades. Es más fácil decirlo que hacerlo, pero intentaré hacer caso a Murakami y no dejaré de bailar.

domingo, 26 de abril de 2015

H.P. Lovecraft: Primeras impresiones

<<Este tío lo que es, es un vago>>. Esta es la conclusión a la que llegaría mucha gente al leer por primera vez a Lovecraft si éste fuese un escritor actual. De hecho, es posible que más de uno/a haya llegado a pensarlo. Y, desde el punto de vista del mundo que nos ha tocado vivir, tal vez tengan razón.

La obra elegida para mi primera toma de contacto con Lovecraft fue El alquimista y otros relatos, una recopilación de no más de ochenta páginas. Una lectura suave y fácil de digerir para saber a qué me enfrentaría a la hora de leer, por ejemplo, Los mitos de Cthulu. Encontré de todo en esta colección: relatos de terror clásico junto a otros de lo que el mismo Lovecraft bautizó como "terror cósmico"; relatos de los que no había mucho que rascar y relatos como Dagón o Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su familia, de los que se pueden extraer los estragos que puede causar en un hombre el síndrome de estrés post-traumático  o una extraña aversión a los portugueses, respectivamente.

Sin embargo, el tema que me gustaría tratar es la presencia en muchos escritos de Lovecraft de un plano de existencia superior, un mundo onírico inmaculado frente a una realidad envilecida y decadente. Es la existencia de esta dualidad la que me ha llevado a abrir la entrada con semejante chorrada de afirmación. Lovecraft era un tipo con tendencias depresivas y, por tanto, es lógico que sus historias reflejen ese rechazo y evasión de la realidad.

En su caso esto se tradujo en la invención mundos de ensueño ideales (casi platónicos). El número de personas depresivas es mayor que nunca, pero el ritmo de vida actual no permite la más mínima tentativa de evasión, por lo que estas personas que, por una u otra razón, tienen dificultades para lidiar con la realidad en la que vivimos, corren el riesgo de ser tachadas de débiles o pusilánimes hasta ninis o vagos. Quién sabe si Lovecraft hubiera llegado a escribir de haber nacido en los ochenta.

Por supuesto, gente floja, con la ley del mínimo esfuerzo por bandera existe y siempre existirá, por supuesto. Lo que supongo que quiero decir es que deberíamos ser más comprensivos con los demás y no juzgar tan a la ligera. Quizás va siendo hora de pensar más en cooperar que en competir; de ayudarnos entre todos a salir del pozo en lugar de escalar sobre la cabeza del prójimo.
P.D.: Espero poder traer más análisis u opiniones de barra de bar de este autor. El hombre que dio vida a Cthulu no puede ser malo.